domingo, 13 de abril de 2014

Tras la partida del rey











Tras la partida del rey, la proclamación de la República y la convocatoria
 de un gobierno provisional para elecciones a Cortes Constituyentes (…) 
Todos los que respaldaban la República compartían una gran esperanza:
que el nuevo régimen pudiera proporcionar un sistema político 
eficiente y honesto, basado en ideales de justicia social,
y capaz de sustituir al régimen corrupto y a veces represivo,
 que había predominado hasta entonces.
Jackson, G.
Juan Negrín
Médico, socialista y jefe del Gobierno de la II República española
Editorial Crítica. Pág. 17


Desde Atenas con el ágora y la participación directa, intensa y excluyente (no toda persona tenía derecho a la participación en la misma, ni mujeres, ni esclavos formaban parte de la ciudadanía), hasta nuestros días con una democracia donde aunque el pueblo se entiende soberano, no gobierna directamente sino a través de representantes elegidos, eso sí mediante sufragio universal. Que aunque pueda parecer que es algo conseguido hace mucho tiempo solo se necesita mencionar que Nueva Zelanda fue la primera democracia que incluyó a la mujer en el censo de votantes en 1893 y que un país como Suiza no lo hizo hasta 1971. La participación ciudadana es intrínseca a la democracia, en sus diferentes formas de producirse, aumentando la primera según avanza la segunda. 

Samuel Huntington describe en tres períodos diferentes, él los llama "olas democratizadoras", la ampliación de las democracias en el mundo.  Al hilo de dicho aumento hay que hacer también referencia a qué es democracia y qué requisitos debe tener un país para considerarlo democrático. Al respecto no existe un consenso absoluto de cómo medir los niveles de democracia en los diferentes Estados. Los principales observatorios marcan unos mínimos sobre la base de los cuales debe cimentarse una democracia, tener un gobierno basado en la mayoría con el consentimiento de los representados, sufragio universal de los adultos, elecciones regulares llevadas a cabo en términos de voto secreto, ausencia de fraude electoral masivo, acceso público de los principales partidos políticos a través de los medios de comunicación para conocimiento general por parte del ciudadano de sus propuestas. Aún así hay autores que defienden la democracia como un concepto dicotómico, se es democracia o no se es democracia, no caben situaciones intermedias y por lo tanto en su idea de democracia no tienen cabida esas interpretaciones de si un país es muy democrático u otro es poco democrático. Desde el punto de vista de La Ciencia Política entendiendo la participación política como algo necesario para la producción de gobiernos, representación y legitimidad de los mismos respecto de los representados, se debe entender que una alta abstención debe considerarse como fallo en el sistema democrático representativo.

Cada época y cada situación debe ser estudiada con la precaución de que se producen en circunstancias diferentes y que en tanto diferentes, por un motivo o por otro la participación de la ciudadanía será diferente. Unas veces por prohibición como veíamos en el ágora ateniense, o como también se refleja con la restricción de sufragio que se produce en la concepción liberal de las democracias a final del s. XVIII y casi todo el s. XIX. Hoy en día los movimientos neoliberales defienden que no es necesaria una masiva participación de la ciudadanía en la política, entendiendo que el individuo tiene su ámbito de actuación en el mundo de la empresa y de la vida privada. Puede tener sentido aquí retrotraerse en el caso concreto de España a los diferentes períodos electorales donde tanto en el ámbito periodístico como de partidos políticos  se argumenta que hay partidos que mejoran sus resultados cuanta menos participación haya en los comicios. En contraposición a la participación mayoritaria de la ciudadanía en las democracias representativas existen autores que ven en el término democracia un mero truco de prestidigitación, puesto que son unas élites minoritarias las que se encargan de gobernar a las mayorías evitando convertir la relación entre ambas, minorías y mayorías, en vasos comunicantes que solo abrirán sus compuertas cada cierto tiempo para que el ciudadano ejerza su derecho a voto.

La sociedad debe exigirse a sí misma que quien le representa sea alguien a quien poder pedir explicaciones por cómo actúa en esa representación. Alguien, que por tanto, el ciudadano otorgante de la representación debe conocer de primera mano y tener la posibilidad de ir a visitar a su escenario para preguntarle a cerca de lo hecho o dejado de hacer. En las listas que se encuentra a la hora de ejercer el derecho a voto apenas si conoce a los nombres que se sitúan en los dos o tres primeros puestos de la misma. Los integrantes de esas listas deberían representar directamente a demarcaciones como ocurre en otros países. Antes de ser añadido a esa lista ha debido pedir el voto al ciudadano en persona y explicar qué es lo que se compromete a realizar si el ciudadano le da su voto. Será como representante cuando tenga que cumplir su palabra para que la confianza del ciudadano en él lo mantenga en su puesto.


La democracia existe en tanto que el ciudadano propietario del poder otorga éste a sus representantes para que estos lo ejerzan en su nombre debiendo responder en todo momento de sus actuaciones. No tiene sentido en este momento que la cúspide del Ordenamiento Jurídico de un país democrático, La Constitución, contenga preceptos en los que se alude a la irresponsabilidad del Jefe del Estado. “La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad” (Art. 56.3 CE). La madurez de la ciudadanía española debe hacer que ésta se desprenda de cualquier tutela política carente de representación en tanto impuesta y modificar La Constitución en aquellos aspectos que vulneran gravemente su Artículo 14. Su consecuencia más directa, el cambio de régimen. La III República de España debe representar el punto final a la transición en nuestro país tras la partida del rey.

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