Tras la partida del
rey, la proclamación de la República y la convocatoria
de un gobierno
provisional para elecciones a Cortes Constituyentes (…)
Todos los que
respaldaban la República compartían una gran esperanza:
que el nuevo régimen
pudiera proporcionar un sistema político
eficiente y honesto, basado en ideales de
justicia social,
y capaz de sustituir al
régimen corrupto y a veces represivo,
que había predominado hasta entonces.
Jackson, G.
Juan Negrín
Médico, socialista y
jefe del Gobierno de la II República española
Editorial Crítica. Pág.
17
Desde Atenas con el ágora y la participación directa,
intensa y excluyente (no toda persona tenía derecho a la participación en la
misma, ni mujeres, ni esclavos formaban parte de la ciudadanía), hasta nuestros
días con una democracia donde aunque el pueblo se entiende soberano, no
gobierna directamente sino a través de representantes elegidos, eso sí mediante
sufragio universal. Que aunque pueda parecer que es algo conseguido hace mucho
tiempo solo se necesita mencionar que Nueva Zelanda fue la primera democracia
que incluyó a la mujer en el censo de votantes en 1893 y que un país como Suiza
no lo hizo hasta 1971. La participación ciudadana es intrínseca a la
democracia, en sus diferentes formas de producirse, aumentando la primera según
avanza la segunda.
Samuel Huntington describe en tres períodos diferentes, él
los llama "olas democratizadoras", la ampliación de las democracias
en el mundo. Al hilo de dicho aumento
hay que hacer también referencia a qué es democracia y qué requisitos debe
tener un país para considerarlo democrático. Al respecto no existe un consenso
absoluto de cómo medir los niveles de democracia en los diferentes Estados. Los
principales observatorios marcan unos mínimos sobre la base de los cuales debe
cimentarse una democracia, tener un gobierno basado en la mayoría con el
consentimiento de los representados, sufragio universal de los adultos,
elecciones regulares llevadas a cabo en términos de voto secreto, ausencia de
fraude electoral masivo, acceso público de los principales partidos políticos a
través de los medios de comunicación para conocimiento general por parte del
ciudadano de sus propuestas. Aún así hay autores que defienden la democracia
como un concepto dicotómico, se es democracia o no se es democracia, no caben
situaciones intermedias y por lo tanto en su idea de democracia no tienen
cabida esas interpretaciones de si un país es muy democrático u otro es poco
democrático. Desde el punto de vista de La Ciencia Política
entendiendo la participación política como algo necesario para la producción de
gobiernos, representación y legitimidad de los mismos respecto de los
representados, se debe entender que una alta abstención debe considerarse como
fallo en el sistema democrático representativo.
Cada época y cada situación debe ser estudiada con la
precaución de que se producen en circunstancias diferentes y que en tanto
diferentes, por un motivo o por otro la participación de la ciudadanía será
diferente. Unas veces por prohibición como veíamos en el ágora ateniense, o
como también se refleja con la restricción de sufragio que se produce en la
concepción liberal de las democracias a final del s. XVIII y casi todo el s.
XIX. Hoy en día los movimientos neoliberales defienden que no es necesaria una
masiva participación de la ciudadanía en la política, entendiendo que el
individuo tiene su ámbito de actuación en el mundo de la empresa y de la vida
privada. Puede tener sentido aquí retrotraerse en el caso concreto de España a
los diferentes períodos electorales donde tanto en el ámbito periodístico como
de partidos políticos se argumenta que
hay partidos que mejoran sus resultados cuanta menos participación haya en los
comicios. En contraposición a la participación mayoritaria de la
ciudadanía en las democracias representativas existen autores que ven en el
término democracia un mero truco de prestidigitación, puesto que son unas
élites minoritarias las que se encargan de gobernar a las mayorías evitando convertir
la relación entre ambas, minorías y mayorías, en vasos comunicantes que solo
abrirán sus compuertas cada cierto tiempo para que el ciudadano ejerza su
derecho a voto.
La sociedad debe exigirse a sí misma que quien le
representa sea alguien a quien poder pedir explicaciones por cómo actúa en esa
representación. Alguien, que por tanto, el ciudadano otorgante de la
representación debe conocer de primera mano y tener la posibilidad de ir a
visitar a su escenario para preguntarle a cerca de lo hecho o dejado de
hacer. En las listas que se encuentra a la hora de ejercer
el derecho a voto apenas si conoce a los nombres que se sitúan en los
dos o tres primeros puestos de la misma. Los integrantes de esas listas
deberían representar directamente a demarcaciones como ocurre en otros países.
Antes de ser añadido a esa lista ha debido pedir el voto al ciudadano en
persona y explicar qué es lo que se compromete a realizar si el ciudadano le da
su voto. Será como representante cuando tenga que cumplir su palabra para que
la confianza del ciudadano en él lo mantenga en su puesto.
La democracia existe en tanto que el ciudadano
propietario del poder otorga éste a sus representantes para que estos lo
ejerzan en su nombre debiendo responder en todo momento de sus actuaciones. No
tiene sentido en este momento que la cúspide del Ordenamiento Jurídico de un
país democrático, La Constitución, contenga preceptos en los que se alude a la
irresponsabilidad del Jefe del Estado. “La persona del Rey es inviolable y no
está sujeta a responsabilidad” (Art. 56.3 CE). La madurez de la ciudadanía
española debe hacer que ésta se desprenda de cualquier tutela política carente de representación en tanto impuesta
y modificar La Constitución en aquellos aspectos que vulneran gravemente su
Artículo 14. Su consecuencia más directa, el cambio de régimen. La III
República de España debe representar el punto final a la transición en nuestro
país tras la partida del rey.

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